Wednesday, March 02, 2005

Cicatrices

(Carta a mi hija Helena)

No hace mucho, al pasar por el estrecho corredorcito que forman el pie de la cama y el clóset, raspé mi antebrazo derecho con la punta del tornillo que alguna vez sostuvo un pomito de madera que se rompió y que no fue sustituido (aunque “te juro”, como dirías tú, que busqué un sustituto en algunas tiendas de objetos para muebles) y... se fue quedando ahí, me fui acostumbrando a su presencia amenazante, antiestética, denigrante. Se produjo en el instante una herida pequeña pero hondita, blanca sobre mi piel morena, como una diminuta incisión hecha con un escalpelo o con la punta de un bisturí, y pronto apareció la sangre, con la misma prontitud con la que llegan los amigos del alma, casi al mismo tiempo que las heridas. Bueno, tomé del botiquín del baño el frasco de Isodine –yodo al 1%–, lo agité, y me lo apliqué directamente del borde, donde suele ser un tris más espesa la solución, y santo remedio: una de las propiedades de esa preciosa sangre que te heredé es la rápida coagulación. Allá en los entresijos de la conciencia quedó latiendo, con desordenado ritmo, la ligera y vanidosa preocupación por la futura cicatriz: necedades de la mente. En los días sucesivos, al ponerme la camiseta de franela que uso siempre bajo la camisa (una previsión contra el efecto del sudor, que controlo untándome un poquito de leche de magnesia Phillips) me miraba esa incisión en forma de lágrima que primero fue de un blanco estilo Michael Jackson y luego se tornó rosadita, casi invisible en este color moreno achocolatado que le viene a uno bastante bien.

Pero, antes de que esa lágrima de la piel cicatrizara, se produjeron algunos hechos, motivo de esta reflexión que se me antoja compartir contigo. Primero, removí el pomito de la puerta del clóset que queda en el extremo, junto a la ventana y lo puse en el puesto del tornillo amenazador que está en mi ruta cotidiana, porque sería una vergüenza volverse a picar por semejante causa. ¿Pero, cuánto tiempo estuvo ahí la punta amenazante, antiestética, antes de que yo reaccionara?

Suelo, en ciertos estados de sutil desconcierto, de cierta incertidumbre no angustiosa pero sí algo molesta (por no saber qué hacer en el momento, como una hormiga que olvidara el camino) rondar algunos libros con los que mantengo una ambigua relación animista, ya de complicidad, ya de consejo, ya de volver a oír eso que ya sabemos y que hemos oído tantas veces, como quien consulta una brújula. Una de esas lecturas recurrentes son los Relatos de Poder, de Carlos Castaneda, tan sencillos y tan profundos, tan enigmáticos y tan directos. Y me metí en ese enigma de entender que “la condición de un guerrero es darse cuenta de todo en todo momento”. Increíble. Increíble que de algo tan simple, tan a la mano, dependa todo lo importante, lo trascendente, lo superior. No es un confuso laberinto metafísico, como tendería uno a pensar: el puente entre el hoy y el ideal mañana no es otro que el momento, el instante que valoramos si lo asumimos plena y conscientemente... Ya en otra vez, ante la confusión de un jurgo de tareas que veía apabullantes, consulté al I Ching y me dijo: si quieres tejer una hermosa canasta tendrás que empezar cruzando dos espartos. Sencillo, y sin embargo... cuántas pequeñas cosas aplazadas, cuántas no deseadas permanecen ahí, como ese tornillo con su punta en el aire, sin que nos demos cuenta, quizá porque las creemos tan pequeñas que no vale la pena considerarlas y atenderlas como es preciso.

Así que por estos días, fui al médico y puse al día mi chequeo rutinario, mi revisión de columna (por una molestia lumbar que se presenta de modo recurrente y que no es más que otra de las manifestaciones del paso del tiempo) y aproveché para consultarle al facultativo si acaso la serie de ejercicios de yoga que vengo haciendo hace más de diez años no estaría produciéndome esa dolencia: el hombre me vio hacer uno de cada uno y al final me dijo que casualmente esos ejercicios son los recomendados como terapia de columna, que siguiera haciéndolos, y que puedo seguir practicando el tenis. Tengo por estos días una dieta mesurada, en la que el plato fuerte es una sopa de conchitas con verduras y menudencias que me queda muy buena. La preparo con paciencia (descachazar, descachazar, descachazar) y al otro día la meto a la nevera. Cada día caliento mi porción, que combino con lo que haya: arroz, papa salada, lechuga en finas rebanadas en vinagre, sal y un poquito de aceite de oliva, por ejemplo. Y siempre hay para compartir, así me hagan chacota mis invitados con el cuento de que sólo me alimento con mi sopa de conchitas.

Pero no todo suele ser tan sencillo. O por lo menos, tiendo a complicarme otras cosas, las que tienen que ver con el trato con la gente: llamar, estar pendiente de lo que pueda salir, recordar ciertos cumpleaños, indagar por la salud, dar o pedir algo necesario, enterarse de lo que pasa aquí y más allá... y entre todos los asuntos, hay un otro que no siempre sé como tratarlo: soy yo mismo.

Y volviendo al rasguño, ese cicatrizar requiere también plena atención. La herida hay que saber ventilarla para que seque (nada de fermentarla tapándola obstinadamente) pero también eso tiene su ciencia: es preciso elegir el ambiente apropiado para ventilar una herida, a riesgo de empeorarla. Y luego, cuando la rasquiñita alrededor de la costra empieza a anunciarnos que ya casi, no es bueno apresurarse. Hay que rascarse con fruición mesurada, casi placentera (aquí es inevitable juntar los dientes y apretar los labios), y luego estar atento para cuando se empieza a levantar la orilla de la costra. Si uno se apresura y aún no ha cicatrizado, se revierte el proceso, sale sangre y se perdió el tiempo... así que, aunque dan ganas de retirar la costra de una, no se debe: uno sí puede, si son muchas las ganas, presionar con las uñas el pedacito ya seco y levantado hasta cortarlo, y esperar después que seque otro pedacito... y así hasta que se termina con la costra y después puede verse, con una sonrisa filosófica, cómo lo que antes era una herida es ahora una pintica que poco a poco se vuelve imperceptible en nuestra piel.

Hay que hacer algo semejante con las heridas que nos dejó el pasado en la piel de nuestra alma.

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