Friday, March 11, 2005

Canto a la gripa

Me tienes nuevamente entre tus brazos,
Mi enemiga ferviente y pasajera.
Te reconozco mía
Como se tiene
Una pariente bruja,
Un hijo bobo
O un grano en la nariz,
Penosamente.

Como hembra eres fea,
Vampiresa de invierno,
Mensajera terrible:
Ojerosa, despeinada y grotesca,
Recargada de trapos,
Bufandas,
Paños negros,
Hablas con estornudos,
Miras con ojos rojos,
Saludas
Con el hielo de tus manos huesudas
O con el fuego verde del infierno.

No niego que te quise,
Algunas veces,
En contubernio
Con la pereza estéril
Te reclamé en los lunes para no ir a la escuela
Y quedarme contigo,
Disfrutando la mano tibia de mi madre,
Su feliz manantial de consideraciones.

Más tarde me dijeron,
Me contaron,
Lo supe por los diarios,
Que eras ciclón horrible
en nuestros llanos,
que andabas de la mano con el Tifo
y que eras partidaria
del paludismo.

Supe que desde un puente
Lanzas tu red desordenada
Y que si no apuramos
Desmantelas la mesa de los pobres,
La atiborras de frascos repugnantes,
De antipáticas pepas
Y al marcharte
Dejas vacío el rincón de la abuela
Y queda el huerto huérfano,
La casa sin historia,
Los rincones sin dulces,
La tarde sin murmullos
Y hasta se nos olvida
Hacer la agüepanela.

Así que no te quiero
Y para siempre
Te quito mis afectos enfermizos;
Te devuelvo tus cartas
Y tu feo retrato,
Me quitaré tu olor a mentolado,
Llamaré a la enfermera,
Cortará los cordeles de tus redes,
Tus dedos puntiagudos,
Y me saldré feliz
A serenarme,
A reírme de ti bajo la lluvia,
A divertirme con tu nombre de insecto.

Tuesday, March 08, 2005

Feminismo masculino

(Tarjeta de invitación en el Día Internacional de la Mujer)



La expresión no debería sorprender, porque el sufijo ismo significa creencia, o fe, o doctrina; y, bien entendido, el feminismo es una ideología: la ideología de quienes creen y tienen fe en la mujer. Y, como las ideologías no requieren de un falo sino de un cerebro, es perfectamente concebible que una mujer o un nombre abracen una ideología cualquiera; en consecuencia, que un hombre abrace el feminismo. En efecto, para ser feminista, en el buen sentido, sólo es imprescindible tener cerebro. Mal entendido, en su última acepción, el feminismo se convierte en doctrina y de ahí al fundamentalismo ya no hay sino un paso: entonces se vuelve irracional, excluyente, cultura de gueto; algo denigrante para el ser humano, sea mujer o sea hombre.

Así entendido, el feminismo deja de ser un conjunto de chistes de mal gusto, cuando no se le toma en serio, o un motivo de enfrentamiento en nuestra ya convulsionante sociedad, si se le toma demasiado en serio. Bien entendido, se convierte es un punto más de encuentro –que también puede ser delicioso– entre el hombre y la mujer, en una dialógica que permite reflexionar sobre la condición humana y que puede servir para construir entre unos y otras un mundo mejor.

Como aspecto de la cultura, hablar de la condición de la mujer (entendámonos: de su naturaleza y de sus potencialidades, que son esenciales, y de sus problemas, avances y limitaciones en esta o aquella sociedad, que son circunstanciales) es hablar también del hombre, porque es la relación social (la de pareja es una de sus formas) el contexto donde existe y tiene todo sentido la reflexión sobre la mujer, como sujeto de análisis.

Basten, pues, estas precisiones para atenuar la severa desconfianza de algunas militantes de esta imprescindible ideología y para suscitar la cordial y alegre bienvenida de las otras. Y sirva también de llamado a mis congéneres: autoinvitémonos al debate... o mejor, al diálogo de los que creen y esperan mucho de la mujer. Entremos al diálogo feminista y digamos caballerosamente: ¡con su permiso, señora, señoritas, niñas!


Posdata: se recomienda la reproducción total o parcial de esta invitación, citando o sin citar la fuente.

Saturday, March 05, 2005

La conferencia que no fue

La charla que dictó el profesor Daniel Balderston en el Salón Oval del Edificio de Postgrados de la Nacional el 25 de noviembre pasado había sido anunciada en la informal emisora universitaria como una disertación sobre “La filosofía en la obra de Borges” pero, para sorpresa y decepción del auditorio, el dicente empezó aclarando que no hablaría de Borges más que indirectamente; hablaría de sus trabajos verificando las referencias reales, no ficticias, que aparecen en la obra del escritor argentino.

Resignados a tal subtema, los asistentes escuchamos unas breves anécdotas sobre ese laborioso esfuerzo que se recogió en la obra “The Literary Universe of Jorge Luis Borges”, y, seguidamente, nos enteramos, de otro proyecto editorial del profesor Balderston (et al): la enciclopedia titulada “Latin America and Caribbean Cultures” que cupo en tres volúmenes, sendas copias de los cuales reposaban en el extremo de la oblonga mesa que presidía el conferenciante y supimos también que esos libros deberían ser devueltos a la Biblioteca de la Javeriana en el término de una hora, advertencia que obraba como una especie de “reloj de libro” que acotaba aún más las posibilidades de la conferencia.

Y, en el fondo del anecdotario, se insinuaba un tema que pugnaba por salir a flote, envuelto en la siguiente pregunta: ¿Cómo fue posible reunir en tres volúmenes la enciclopedia de las culturas latinoamericanas y caribeñas, siendo que, según se notificaba, la obra desborda las dimensiones más convencionales de la cultura (arquitectura, literatura, teatro, obras plásticas, filosofía, etcétera) para dar cuenta también de otras tales como la culinaria, los deportes y los dichos callejeros? Y, en esta otra: ¿Cómo es posible, más allá de cualquier número de volúmenes, concebir una enciclopedia de la cultura?

La primera se liquidó con el sencillo expediente de una arbitraria selección de temas, personajes y sitios enfilados en orden alfabético. Donde cupo el chistecillo de la corresponsal que después de felicitar a los autores les presentó su queja por haber omitido la poesía de su prima Fulana de Tal...

Como abrebocas de la segunda pregunta, se citó la sentencia que rubrica algún panteón de la cultura brasileña y que dice que “el centro del universo de la cultura está en cualquier parte”, una parodia de una frase cabalística de Borges. Cuando ya se presentía que al fin un tema sustancioso empezaba a tomar forma, y en el tiempo exacto en el que los ejemplares de muestra acabaron su periplo de mano en mano por la prolongada elipse de la mesa, el conferenciante dio por terminada su charla obedeciendo anunciado reloj de libro.

En los cinco minutos de la rutinaria ronda de preguntas (¿cuándo se aceptará que el público de una conferencia académica tenga algo más que preguntas?) en vano se invocó la bella narración “El idioma analítico de John Wilkins”, en la que Borges menciona la desconcertante enciclopedia china titulada “Emporio celestial de conocimientos benévolos”, que clasifica con maravillosa ambigüedad, en categorías semejantes, los perros sueltos y los metales recrementicios... y que le sirvió a Foucault para iniciar su obra sobre “Las palabras y las cosas”. En vano, porque sólo sirvió para enterarnos de que efectivamente existe una alusión a tal enciclopedia en el volumen tal de la Britannica...
Otra será, pues, la conferencia sobre la filosofía en Borges y otra la que permita detenerse en la pregunta sobre la clasificación enciclopédica de la cultura, e incluso en plural, de las culturas. Pero eso será cuando coincidan los anuncios de esa radiodifusora adolescente (que se reclama de manera ampulosa, “La Universidad de la Radio”) con lo que realmente se presenta; cuando haya un auditorio que vindique su derecho al respeto; cuando el tiempo de la reflexión esté dado por las exigencias propias del tema, no por un reloj de libro u otro dispositivo semejante.

Wednesday, March 02, 2005

Cicatrices

(Carta a mi hija Helena)

No hace mucho, al pasar por el estrecho corredorcito que forman el pie de la cama y el clóset, raspé mi antebrazo derecho con la punta del tornillo que alguna vez sostuvo un pomito de madera que se rompió y que no fue sustituido (aunque “te juro”, como dirías tú, que busqué un sustituto en algunas tiendas de objetos para muebles) y... se fue quedando ahí, me fui acostumbrando a su presencia amenazante, antiestética, denigrante. Se produjo en el instante una herida pequeña pero hondita, blanca sobre mi piel morena, como una diminuta incisión hecha con un escalpelo o con la punta de un bisturí, y pronto apareció la sangre, con la misma prontitud con la que llegan los amigos del alma, casi al mismo tiempo que las heridas. Bueno, tomé del botiquín del baño el frasco de Isodine –yodo al 1%–, lo agité, y me lo apliqué directamente del borde, donde suele ser un tris más espesa la solución, y santo remedio: una de las propiedades de esa preciosa sangre que te heredé es la rápida coagulación. Allá en los entresijos de la conciencia quedó latiendo, con desordenado ritmo, la ligera y vanidosa preocupación por la futura cicatriz: necedades de la mente. En los días sucesivos, al ponerme la camiseta de franela que uso siempre bajo la camisa (una previsión contra el efecto del sudor, que controlo untándome un poquito de leche de magnesia Phillips) me miraba esa incisión en forma de lágrima que primero fue de un blanco estilo Michael Jackson y luego se tornó rosadita, casi invisible en este color moreno achocolatado que le viene a uno bastante bien.

Pero, antes de que esa lágrima de la piel cicatrizara, se produjeron algunos hechos, motivo de esta reflexión que se me antoja compartir contigo. Primero, removí el pomito de la puerta del clóset que queda en el extremo, junto a la ventana y lo puse en el puesto del tornillo amenazador que está en mi ruta cotidiana, porque sería una vergüenza volverse a picar por semejante causa. ¿Pero, cuánto tiempo estuvo ahí la punta amenazante, antiestética, antes de que yo reaccionara?

Suelo, en ciertos estados de sutil desconcierto, de cierta incertidumbre no angustiosa pero sí algo molesta (por no saber qué hacer en el momento, como una hormiga que olvidara el camino) rondar algunos libros con los que mantengo una ambigua relación animista, ya de complicidad, ya de consejo, ya de volver a oír eso que ya sabemos y que hemos oído tantas veces, como quien consulta una brújula. Una de esas lecturas recurrentes son los Relatos de Poder, de Carlos Castaneda, tan sencillos y tan profundos, tan enigmáticos y tan directos. Y me metí en ese enigma de entender que “la condición de un guerrero es darse cuenta de todo en todo momento”. Increíble. Increíble que de algo tan simple, tan a la mano, dependa todo lo importante, lo trascendente, lo superior. No es un confuso laberinto metafísico, como tendería uno a pensar: el puente entre el hoy y el ideal mañana no es otro que el momento, el instante que valoramos si lo asumimos plena y conscientemente... Ya en otra vez, ante la confusión de un jurgo de tareas que veía apabullantes, consulté al I Ching y me dijo: si quieres tejer una hermosa canasta tendrás que empezar cruzando dos espartos. Sencillo, y sin embargo... cuántas pequeñas cosas aplazadas, cuántas no deseadas permanecen ahí, como ese tornillo con su punta en el aire, sin que nos demos cuenta, quizá porque las creemos tan pequeñas que no vale la pena considerarlas y atenderlas como es preciso.

Así que por estos días, fui al médico y puse al día mi chequeo rutinario, mi revisión de columna (por una molestia lumbar que se presenta de modo recurrente y que no es más que otra de las manifestaciones del paso del tiempo) y aproveché para consultarle al facultativo si acaso la serie de ejercicios de yoga que vengo haciendo hace más de diez años no estaría produciéndome esa dolencia: el hombre me vio hacer uno de cada uno y al final me dijo que casualmente esos ejercicios son los recomendados como terapia de columna, que siguiera haciéndolos, y que puedo seguir practicando el tenis. Tengo por estos días una dieta mesurada, en la que el plato fuerte es una sopa de conchitas con verduras y menudencias que me queda muy buena. La preparo con paciencia (descachazar, descachazar, descachazar) y al otro día la meto a la nevera. Cada día caliento mi porción, que combino con lo que haya: arroz, papa salada, lechuga en finas rebanadas en vinagre, sal y un poquito de aceite de oliva, por ejemplo. Y siempre hay para compartir, así me hagan chacota mis invitados con el cuento de que sólo me alimento con mi sopa de conchitas.

Pero no todo suele ser tan sencillo. O por lo menos, tiendo a complicarme otras cosas, las que tienen que ver con el trato con la gente: llamar, estar pendiente de lo que pueda salir, recordar ciertos cumpleaños, indagar por la salud, dar o pedir algo necesario, enterarse de lo que pasa aquí y más allá... y entre todos los asuntos, hay un otro que no siempre sé como tratarlo: soy yo mismo.

Y volviendo al rasguño, ese cicatrizar requiere también plena atención. La herida hay que saber ventilarla para que seque (nada de fermentarla tapándola obstinadamente) pero también eso tiene su ciencia: es preciso elegir el ambiente apropiado para ventilar una herida, a riesgo de empeorarla. Y luego, cuando la rasquiñita alrededor de la costra empieza a anunciarnos que ya casi, no es bueno apresurarse. Hay que rascarse con fruición mesurada, casi placentera (aquí es inevitable juntar los dientes y apretar los labios), y luego estar atento para cuando se empieza a levantar la orilla de la costra. Si uno se apresura y aún no ha cicatrizado, se revierte el proceso, sale sangre y se perdió el tiempo... así que, aunque dan ganas de retirar la costra de una, no se debe: uno sí puede, si son muchas las ganas, presionar con las uñas el pedacito ya seco y levantado hasta cortarlo, y esperar después que seque otro pedacito... y así hasta que se termina con la costra y después puede verse, con una sonrisa filosófica, cómo lo que antes era una herida es ahora una pintica que poco a poco se vuelve imperceptible en nuestra piel.

Hay que hacer algo semejante con las heridas que nos dejó el pasado en la piel de nuestra alma.